Visitas: 0
Durante mucho tiempo, el orgasmo masculino se ha presentado como algo casi automático. Basta con que haya excitación, estímulo suficiente y el desenlace parece garantizado. La narrativa cultural lo ha repetido tantas veces que ha terminado convirtiéndose en una expectativa silenciosa: si hay sexo, habrá orgasmo. Y si no ocurre, algo parece haber fallado.
Sin embargo, cuando se observa la sexualidad real —la de los cuerpos concretos, los encuentros imperfectos y las emociones presentes— esa supuesta inevitabilidad empieza a mostrar grietas. Las expectativas sobre el orgasmo masculino no solo condicionan cómo se vive el sexo, sino también cómo se interpreta cualquier variación en la respuesta sexual. Entender de dónde surge esa presión es un paso necesario para hablar del placer con más realismo.