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Durante años, el consentimiento se ha reducido a una pregunta rápida —a veces incluso implícita— que parecía cerrar cualquier duda: “¿Sí o no?”. Esta simplificación ha generado la falsa sensación de que el consentimiento es un trámite previo, claro y definitivo, cuando en realidad hablamos de una dinámica mucho más compleja. En la práctica, muchas personas creen estar actuando correctamente sin detenerse a revisar cómo se construye, se mantiene o se pierde ese acuerdo.
Hablar de consentimiento implica ir más allá de la intención y centrarse en la experiencia real de las personas implicadas. No se trata solo de evitar daños evidentes, sino de entender cómo influyen los límites, el contexto, el poder y la comunicación en cada interacción sexual. Situarse en este punto requiere abandonar respuestas automáticas y empezar a observar con más atención qué está ocurriendo, momento a momento.