Visitas: 0
Durante años, la sexualidad ha sido presentada como un derecho universal… salvo cuando hablamos de personas con diversidad funcional. En ese punto, el discurso social empieza a llenarse de silencios, incomodidades y sobreprotección. Como si el deseo necesitara un certificado de capacidad. Como si el cuerpo solo pudiera ser erótico cuando encaja en ciertos estándares de autonomía, movilidad o rendimiento. Esta contradicción revela más sobre nuestros prejuicios que sobre la realidad de quienes viven una discapacidad.
Hablar de sexualidad y diversidad funcional implica desmontar ideas arraigadas, revisar prácticas educativas y cuestionar la manera en que entendemos la autonomía, el consentimiento y el placer. No se trata de idealizar ni de dramatizar, sino de reconocer que la experiencia sexual forma parte del desarrollo humano también en contextos de discapacidad. Para abordar el tema con rigor, es necesario situarlo desde los derechos, la accesibilidad y la educación sexual basada en evidencia.