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Durante años, la sexualidad femenina se ha contado como una historia con fecha de caducidad implícita. Como si, al llegar la menopausia, el deseo tuviera que apagarse de forma automática y discreta, casi como una luz que nadie se molesta en volver a encender. Esta idea, profundamente arraigada, no solo simplifica una realidad compleja, sino que también condiciona la forma en que muchas mujeres interpretan sus propios cambios.
Sin embargo, la menopausia no es un punto final, sino una etapa de transición que implica transformaciones físicas, emocionales y relacionales. En este contexto, la vivencia del deseo sexual puede modificarse, pero no desaparecer necesariamente. Comprender qué está ocurriendo y cómo influye en la sexualidad es un primer paso imprescindible para poder situarse, sin alarmismo, ante una realidad que merece ser abordada con información rigurosa y sin prejuicios.