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Hablar de diversidad con adolescentes y familias no siempre es fácil. A veces cuesta incluso encontrar las palabras, porque sabemos que detrás de cada pregunta hay miedos, dudas y, sobre todo, un enorme deseo de hacerlo bien. Nos preocupa acompañar sin imponer, apoyar sin invadir, comprender sin agobiar. Y, aun así, cuando abrimos estos temas, descubrimos algo poderoso: que hablar de diversidad no rompe nada… al contrario, construye. Abre espacio para que quienes están creciendo sientan que pueden ser, sentir y explorar sin miedo a defraudar a nadie.
Como educadores, madres, padres o acompañantes, también nosotros estamos aprendiendo. Y eso está bien. La diversidad no exige perfección, sino presencia. Exige escuchar, mirar a los ojos y decir: “Aquí puedes hablar”. En mi trabajo —y en mi libro “Mamá, Papá, ¡¡Sexo!!”— he visto cómo una conversación honesta puede transformar la relación entre familias y adolescentes. Porque cuando elegimos hablar, con todas nuestras imperfecciones, les damos un mensaje que sana: no tienes que esconderte para ser tú.