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Muchas relaciones largas dejan de hablar del consentimiento justo cuando más deberían hacerlo. No porque desaparezca el cariño, sino porque aparece la costumbre. Con el tiempo, algunas dinámicas sexuales empiezan a darse por hechas: ciertos gestos, ciertas prácticas, ciertos silencios. Y ahí surge una pregunta incómoda que pocas parejas se atreven a plantearse: ¿seguimos deseando lo mismo o simplemente repetimos lo conocido?
Hablar de consentimiento en relaciones estables no significa desconfiar de la pareja ni convertir la intimidad en un contrato permanente. Significa entender que las personas cambian, que el deseo fluctúa y que el cuerpo también necesita espacios de escucha y autoconocimiento. Incluso dentro de una relación sólida, seguir preguntando, comunicando y revisando límites continúa siendo una forma de respeto.